Las mejores historias que dejó el General en su paso por la tierra

Luciano Di Vito y Jorge Bernárdez explican los motivos que los llevaron a escribir un insólito anecdotario sobre Juan Domingo Perón, ilustrado con la estética del Sargent Pepper de los Beatles. “Venimos de familias gorilas”, dijeron.

Tiene el tamaño de un disco compacto, pero no lo es. Habla de Juan Domingo Perón, pero no de su doctrina, ni sus políticas económicas. Las aventuras de Perón en la tierra(Editorial Sudamericana), escrito por Luciano Di Vito y Jorge Bernárdez ilustrado por Damián Aiello es un compendio de muchas de las mejores historias que dejó el fundador del justicialismo. Su tapa homenajea al Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles y remplaza a los personajes del disco de con íconos peronistas. Allí están la sidra y el pan dulce, Jorge Osinde y un gorila, que no es King Kong.–¿Cómo se les ocurrió hacer un libro con anécdotas de Perón?
Jorge Bernárdez: –Una vez, trabajando en Canal 7, el actor Carlos Santamaría nos contó una historia de cuando tenía 15 años y junto a un amigo conoció a Perón en Vicente López mientras el viejo repartía caramelos. “Están más para tomar whisky que para pedir caramelos”, les espetó. Nos pareció que debía haber muchas historias de ese tipo.
Luciano Di Vito: –Perón es una palabra mágica, cada vez que hicimos un programa en la tele, el rating se disparó cuando hablamos de él.

–¿Por qué anécdotas?
LDV: –Hay mucha bibliografía sobre Perón. Libros de estudio, ensayos, musicales, novelas, hay de todo y nosotros pensábamos que no nos daba el pinet para explicar el peronismo. Además la “anécdota” parece un género menor, pero no lo es: es divertido, entretenido y a veces de un libro sólo te queda una anécdota.

–¿Siempre pensaron en hacer un Sargent Pepper peronista?
–Damián Aiello: –Sí, vi los borradores de las historias y a medida que iban escribiendo, agregaba más personajes al dibujo. Y en vez de los cuatro Beatles pusimos a cuatro perones míticos: el militar, el de 1945, el de Puerta de Hierro y el del regreso en 1973.

–¿Qué imagen tenían de Perón antes de comenzar el libro?
LDV: –Todos venimos de familias gorilas, aunque en mi adolescencia leí mucho sobre él y me resultaba simpático. Después, investigando, se volvió cada vez más fascinante. No queremos explicar si Perón hizo bien una cosa u otra. Veíamos una cosa que para muchos fue novedad: el exilio miserable –en el sentido económico– de Perón.
LDV: –El exilio de Perón es bastante solitario. Buscamos que al personaje no lo atravesaran las decisiones que tomó, algo que finalmente le termina retumbando en el cuerpo. Cuando hablamos con sus médicos, nos dijeron que cada hecho político, como pueden haber sido sus regresos –fallidos o no–, tuvieron consecuencias en su salud.
JB: –El día de Ezeiza y la famosa foto con Rucci y el paraguas, Perón había tenido un infarto. Eso está marcado en su historia clínica, pero en esa época fue tomado como un secreto de Estado.

–¿Les quedaron cosas afuera?
JB: –Una vez que encontramos el tono, escribimos de más. Quedaron afuera cosas que tal vez eran repetitivas. O el caso de un cafisho que estaba en Venezuela y le sacaba el 10% a las chicas para mantener a Perón en Venezuela, un militante.

–¿Desmitificaron a Perón o con el libro ayudan a agrandar el mito?
LDV: –Las dos cosas. El propio Perón tenía una especie de mito con la fecha de nacimiento, que uno de los entrevistados se encarga de comprobar que no era el 8 de octubre de 1895 sino el 7 de octubre de 1893. ¿Sabés qué lío debe ser cambiar todos los nombres de hoteles en la Costa Atlántica?
JB: –En nuestro blog nos dejaron un mensaje que decía “este libro lo hace más grande”. Nosotros pensábamos que lo estábamos bajando a la tierra.

ANÉCDOTAS 
Un grito de Corazón
Después de un periplo sinuoso por Centroamérica y el Caribe, rodeado de espías, esquivando golpes de Estado, recibiendo esbirros con orden de asesinarlo o pagando la comida con su presencia y con fotos junto a los comensales, el general Perón detuvo su andar en Madrid. Se instaló en un edificio ubicado en el número 11 de la calle Arce. En el piso de arriba vivía otro personaje famoso que llevaba varios años repartiendo su tiempo entre su país natal y España, la actriz Ava Gardner. (…) En cuanto llegó a España, la espléndida morocha se entregó a una vida desenfrenada de fiestas multitudinarias y de romances más bien fugaces con cantaores flamencos y toreros. En 1962, la morocha desenfrenada y el ex gobernante coincidieron en el edificio de la calle Arce. No hay actas de las reuniones de consorcio pero sí hay registro y relatos orales de lo mal que se llevaban ambos.
El general Perón llegó a llamar a la policía varias veces por el bullicio que metía la actriz en su permanente jolgorio. La tremolina que armaba se daba de patadas con la vida ordenada, cuartelera incluso, que Perón llevaba. Si el general denunciaba a las autoridades el desorden que provocaban Ava Gardner y sus invitados, la actriz aseguraba que los perros del general eran absolutamente histéricos e insoportables, aunque lo que más odiaba era que, según ella, el ex dictador extrañaba sus arengas ante las masas y que por eso salía al balcón lanzando discursos a una multitud imaginaria a la que saludaba con las dos manos en alto.
Cuentan que mientras el general se quejaba de la vida fiestera de Ava, ella cada vez que lo veía asomarse al balcón salía y le gritaba: “¡Perón maricón!”

De canje
“Pasé una temporada en Puerta de Hierro y viví situaciones muy de entrecasa si se quiere”, cuenta Roberto Alifano. “Era un Perón que organizaba desde allá el peronismo de acá. Era un viejo zorro. Recuerdo como si fuera hoy una de esas reuniones. Estaban Rucci, Paladino, Antonio Cafiero, López Rega y alguna gente más. Perón, en la cabecera, manejaba la charla. De repente Cafiero sacó una lapicera hermosa y cara para anotar unas cosas y Perón lo mira y le elogia la lapicera. Cafiero le explica que la había comprado en Roma y le dice el precio del juego. Acto seguido se la ofrece y le dice que era un honor regalársela. La charla sigue y al rato es Rucci el que saca algo del bolsillo que le llama la atención al general. Era un encendedor Ronson con una dedicatoria del sindicato por los años de lucha. Y se repite la escena: Perón que le elogia el encendedor y Rucci que se lo regala. Perón se niega pero termina guardándose el encendedor en el bolsillo luego de que le prendieran un cigarrillo a pesar de que los médicos le tenían prohibido fumar. Cuando el encuentro llegaba a su fin, Cafiero le extiende la mano y Perón se la retiene un segundo mientras le dice: –¿Usted me dijo que la lapicera era de un juego, no?
El resultado fue que Cafiero le regaló, además, la birome.”

 Por Nicolás Eisler para Tiempo Argentino.