Perón y el deporte

Juan Domingo Perón se subió al helicóptero en la Quinta de Olivos. Le habían avisado que un argentino estaba por ganar el Gran Premio de Fórmula Uno en el Autódromo de Buenos Aires. Tenía que estar en los festejos como en los años en que Juan Manuel Fangio le ofrecía sus triunfos. Carlos Reutemann punteaba con comodidad. Pero cuando el General se sentó en el palco junto a Isabelita y Raúl Lastiri, el Lole se quedó sin nafta. Reutemann, igual, se subió al palco a saludar a Perón. El presidente le entregó un regalo: “Mirá, pibe, no tengo otra cosa para entregarte, es la lapicera que tengo.” Poco después, durante la firma de un acuerdo para que YPF apoye al Lole, Perón lo abrazó sonriendo: “Tome, para que no se quede sin nafta.”
La historia la cuenta un periodista que prefiere el anonimato y es una de las muchísimas anécdotas que Jorge Bernárdez y Luciano Di Vito recopilaron en Las aventuras de Perón en la Tierra, un libro que salió este mes a la venta y muestra el lado menos público y, acaso, más cotidiano del General. El deporte está metido entre todo eso porque, como dice el sociólogo Pablo Alabarces, el peronismo fue su edad de oro. “Los campeonatos Evita –dice Bernárdez, uno de los autores– no eran mera demagogia, los chicos eran atendidos por médicos y llevaban fichas de cada uno. Eso es concreto.”
El Perón hincha se parece a una construcción mitológica. Bernárdez y Di Vito sostienen que era de Boca, como lo asegura Antonio Cafiero y, según cuentan, algunas fotos. Aunque historiadores de Racing, como Fernando Paso Viola Frers, reafirman que era de la Academia, cuyo estadio –construido gracias a la gestión y los créditos blandos de su ministro de Hacienda, Ramón Cereijo– lleva el nombre del General. En realidad, también dicen, Perón no era un hombre muy interesado en el fútbol. Sin embargo, en una de las anécdotas, parece mostrar un ojo especializado y hasta cierto buen gusto. Ocurrió en Puerta de Hierro, antes de su regreso al país, durante una visita de su amigo Enrique Omar Sívori, que por entonces era técnico de la Selección Argentina. Se venía el Mundial ’74 en Alemania, y Perón analizaba a los equipos: “Fíjese en Holanda, Sívori, acuérdese de lo que le digo. Es el mejor equipo del momento. Los otros candidatos para el próximo Mundial son los alemanes, porque juegan en su país. No creo que el título salga de ahí.” También le preguntó, mientras servía café: “¿Tendremos que hacer nosotros lo mismo que los europeos? ¿Habrá que transformar a nuestros clubes en empresas? Vamos a tener que pensarlo.”
Sívori no siguió como técnico de la Argentina. Lo remplazó Vladislao Cap en épocas en las que la Selección parecía un barco a la deriva. En pleno Mundial, Perón murió. El equipo enfrentó a Alemania dos días después con un brazalete negro. “Yo tenía bronca porque estaba lejos y sabía que el pueblo sufría, por eso hablé con los muchachos para que no jugáramos el último partido”, contó René Houseman. “En mi caso –agregó el Loco–, no había manera de convencerme de que saliera a la cancha hasta que me dijeron que había que ganar para dedicarle el triunfo al General.” Los jugadores lo homenajearon con una misa en la iglesia San Lambertus. Se volvieron pronto y goleados. Los candidatos de Perón, en cambio, llegaron a la final: Alemania le ganó a Holanda.
Bernárdez, uno de los autores del libro, sostiene: “Perón era deportista y eso es lo que hace que sea tan creíble la relación de su gobierno con los deportes y los deportistas.” En su libro La patria deportista, Ariel Scher cuenta: “Corrió, hizo gimnasia en aparatos, tomó la espada, tiró, cabalgó, saltó en alto y en largo, boxeó y hasta jugó al fútbol. Se transformó en un deportista experto y resolvió que pocas cosas formaban y gratificaban tanto a un militar como el deporte.”  Bernárdez agrega, en ese sentido, que las políticas de Perón generaron simpatía en ese mundo. “Está claro –dice– que en una época los deportistas eran peronistas y los tipos que no lo eran, como Ringo Bonavena, eran una rareza.”
En el boxeo, uno de los deportes preferidos del General, estaban Pascual Pérez, José Gatica y Alfredo Prada. Ricardo Primitivo González, en cambio, no era peronista. Tampoco muchos de sus compañeros campeones del Mundial de Básquet de 1950. Pero haber ganado durante el peronismo les valió el castigo de la Libertadora. También a otros 35 jugadores de básquet, al remero Eduardo Guerrero, a los atletas Osvaldo Suárez y Walter Lemos, y al campeón de bochas Roque Juárez. También hay historias de aquellos que no adhirieron al peronismo. La atleta Noemí Simonetto, cuentan, quedó relegada por no haber dedicado la medalla de plata que obtuvo en los Juegos Olímpicos de Londres 1948 por la prueba salto en largo. Dicen que Luis Elías Sojit, relator peronista, no nombraba a Eusebio Marcilla porque este se negaba a llevar consignas oficiales en sus autos.
Si algo no hizo Perón con el deporte fue ignorarlo. Por eso, aquel 13 de enero de 1974, se subió al helicóptero para saludar a un argentino que estaba a punto de ganar. No pudo. Reutemann se quedó sin nafta. Sólo le entregó una lapicera que, como también se cuenta en Las aventuras de Perón,  el piloto usó para firmar el acta de asunción como gobernador de Santa Fe. Pero ese final, como dicen en el libro, es parte de otra historia.

Por Alejandro Wall.

La aventura del libro

A pocos días de salir el libro nos informan de la editorial que el asunto va bien. Claro que una vez que terminamos de escribirlo ya no es nuestro sino de la gente que lo compra, lo manguea o pide que se lo regalen. A medida que los días pasan con el querido Jack vamos de rotation por algunos medios y hacemos bastante bien el show. Ayer, sin ir más lejos nos entrevistaron en la televisión pero no del canal en el que trabajamos. Rarezas de la vida.
Me di cuenta que “Las aventuras de Perón en la tierra¨ venía bien cuando un vecino de otro piso del edificio donde vivo me felicitó por el libro. Nunca en veinte años, habíamos cruzado una palabra ni un saludo. El de la pizzería, por ejemplo, se compró el libro por que el padre es peronista y él no. Dice que con este libro lo entiende un poco más al padre. No se si a Perón.
Hace algunos días no comentaron que para un cumpleaños tres personas pensaron el mismo regalo sin saberlo y compraron el libro. No tuvieron que devolver ninguno. Un peronista de pura cepa se quejó en una enorme liberería que el libro no estaba exhibido en la mesa central sino en la línea de cajas.
El de la liberería le argumentó que era un libro chiquito, el peronista se enojó y le dijo que chiquito, las pelotas, es un libro sobre Perón!
Cuando salíamos de la nota para la tele, el pintor de cuadros de un restaurant de moda, justicialista y trabajador porqué además es un retratista de las formas peronistas nos contó que nos había escuchado en un par de programas y que quería comprarse el libro. Toda familia peronista aclaró. Pero sin propónerselo nos dejó un cuento delicioso: Nos contó que una noche en ese restaurant había ido el joven Abal Medina a cenar. Nuestro talento de la brocha artística le preguntó si tenía algún cuento con Perón a lo que el joven funcionario tras hacer memoria porqué era muy chico cuando el General estaba vivo, recordó que una vez Perón le regaló un huevo de Pascua gigante con el escudo justicialista. Seguramente, en algún momento tendremos que entrevistarlo al actual secretario de medios.
El libro parece abrir caminos nuevos, insólitos y literarios. La generosa sonrisa de Perón en tiempos de elecciones, hecha libro de anécdotas, multiplica las aventuras hacía más anécdotas. El camino es largo y la avenida, demasiada ancha. Solamente el peronsimo lo hace posible.

Diario El Argentino por Hugo F. Sánchez

¿Cómo nació la idea de hacer el libro?

JB: En un estudio de Canal 7, de casualidad, en un rato de espera y charlando de cualquier cosa el actor Carlos Santa María nos contó una anécdota suya con Perón. Carlos era una adolescente. Salimos de ahí con la sensación de que había un libro de anécdotas en nuestros archivos. Después de cinco años de hacer programas de historia con Felipe Pigna algunas cosas escuchas y muchas quedaron afuera de aquellos programas.
 LD:Es que para muchos la anécdota es un género menor y la verdad es que no lo es. A veces,  te acordás únicamente de una anécdota, de algo gracioso o terrible. Lo difícil fue trasladar ese clima al papel.

¿Cuáles fueron las dificultades y sorpresas a medida que avanzaban con la investigación y recogían los testimonios?
JB:
Gente que no tenía agenda para recibirnos, gente metida en la vida partidaria del peronismo que no lograba encontrar un hueco para atendernos, por un lado. Pero aparecieron enfoques nuevos, otras historias y la convicción de que no nos habíamos equivocado.

LD:Lo más difícil fue chequear lo que algunos nos dijeron. Fechas, datos o aproximaciones a esos datos.

¿El recorrido del anecdotario peronista de varias décadas configura un relato diferente de la historia argentina reciente?

LD: A veces da la sensación de que hay un Perón para el que lo analiza y otro para el que escucha. Es decir, puede haber muchos “Perones” según el que cuente el cuento. Eso pasó con los relatos recientes en que cualquiera puede ser peronista.
JB: Es una visión menos épica, más real, pero a la vez el Perón real es muy culto y de maneras militares, horarios del cuartel podríamos decir. Complementa al otro, al que cambió la historia Argentina.

Se escribieron decenas de libros sobre Perón y eso podría tomarse como un síntoma de lo inasible del personaje ¿qué Perón quisieron rescatar desde su libro y que descartaron para acomodarse a el Perón que ustedes querían mostrar?

JB: Un Perón de entrecasa, un Perón fuera del balcón, fuera de la vida pública, un Perón ocurrente y relajado. También aparece un Perón anciano y enfermo, rodeado de médicos y preso en cierta forma de las pasiones políticas de la época. De no haber sido presidente en 1973 pudo haber vivido más tiempo pero la situación política imponía que el asumiera el papel estelar y de esa manera pusiera en riesgo su vida.
LD: En realidad descartamos explicarlo a  Perón y al peronismo porqué para eso están los historiadores y los estudiosos. Entonces nos quedó el Perón más cotidiano, el que en el exilio no tiene un mango o el que recibía a todos en Puerta de Hierro.

A través de las anécdotas del libro se asoma un Perón con mucho humor. Qué otras cosas descubrieron o corroboraron del personaje?

JB: Su astucia política, sus maneras criollas, su manejo de la psicología y su mirada a futuro, leer al Perón de los últimos años es encontrarse con un estadista que hablaba de ecología y de alimentos para un mundo que en esa época no pensaba tato en esas cosas.
LD: Impresiona un poco la soledad aunque estuviesen Isabel y el nefasto López Rega. En lo particular me impresionó que el Perón que volvió del exilio en cuanto a ideas era muy distinto que al de los comienzos del peronismo. Es un hombre grande que sabe que va a morir.

Para bien o para mal cada uno de los argentinos tiene una imagen formada de Perón. Con el libro ya terminado, cambió la percepción de ustedes respecto al personaje?

LD: En mi casa Perón era el culpable de la mayoría de los males. Pero a mi me caía simpático. Con los años el personaje se volvió fascinante, contradictorio, genio y figura para bien o para mal. El asunto, en definitiva, parece infinito porqué explica a la Argentina.
JB: Mi imagen familiar de Perón, el relato sobre él y su movimiento con el que crecí es  el clásico de los gorilas. Con los años se atenúa aquel discurso, y después de escribir este libro llego a la conclusión de que la astucia que tenia en el manejo de lo que se conoce como movimiento peronista es lo que dejó en los Argentinos la sensación de que sólo los peronistas, para bien o para mal, entienden a esta sociedad y tienen la capacidad de ofertarle a los argentinos lo que necesitamos en los distintos momentos históricos.

 Hugo F. Sánchez

Miradas al sur del 16 de octubre

El día en que Perón cantó “En el auto de papá” con Pipo Pescador

Para quienes pasaron largamente los cuarenta años y fueron niños en la Argentina de la década del ’70, la infancia fue explosiva. Explotaba el rock, explotaba la psicodelia, explotaba la moda de los hot-pants, explotaba el supermercado de la esquina, explotaba un lugar selvático llamado Vietnam. Todo era un caleidoscopio psicodélico, donde el Che Guevara, Los Beatles, Woodstock, las películas de James Bond, el secuestro de Aramburu, la extraña de las botas rosas y las películas de Sandrini haciendo de cura bueno o de profesor hippie formaban parte de un mismo paquete.

En 1973 los programas de la televisión argentina para niños abarcaban desde La luna de Canela hasta GabyFofó y Miliki. Pero lo que realmente pegaba, lo que realmente funcionaba, era un personaje que andaba con una boina y un acordeón, que se vestía con colores llamativos, eso lo adivinaban los niños de la época por los distintos tonos de grises que mostraba la televisión en blanco y negro: un personaje llamado Pipo Pescador, que era un avance revolucionario para un género que durante años había sido monopolizado por María Elena Walsh. Pipo Pescador no renegaba del imaginario aquel, pero ponía a los niños en pie de lucha por sus derechos. Derechos que en aquellos años eran inexistentes.
Pipo era el éxito del momento, así que cuando en el Ministerio de Bienestar Social se decidieron a festejar el Día del Niño en la Quinta de Olivos, la elección era obvia. Los niños de las villas miseria de la zona celebrarían su día con el General Perón al ritmo de las canciones de Pipo Pescador.
“Yo estaba en una estancia de Gualeguaychú, donde nací. Veo venir un coche de Prefectura.
–¿Pipo Pescador?
–Sí, soy yo.
–Acompáñenos: quiere verlo el General.
Subo al auto y me llevan directo a Olivos. Caigo y estaban Perón, Isabel y López Rega. Había una fiesta por el Día del Niño.”
Todo estaba preparado. Pipo desplegó frente al auditorio su carisma y cantó esas canciones tan movilizadoras que él supo componer. Años más tarde, en el programa de Diego Capusotto, un sketch en el que un analista de letras de rock busca obsesivamente referencias a la marihuana dice que la inocente y exitosa canción “En el auto de papá” habla “del fasso”. Aparentemente, la referencia es obvia ya que el protagonista viaja en un auto medio hecho pomada pero no le importa porque lleva torta. La torta, según el personaje, es claramente de porro.
Enterado de esa idea, el creador de canciones infantiles contestó: “Bueno, un artista no tiene conciencia de la dimensión total de su obra. En mis letras hay connotaciones sociales. Mi hija dice que soy un artista de la clase media alta y progresista. Carmela vive en España, es licenciada en Lenguas y está haciendo una tesis sobre mi trayectoria, pero esto jamás se le hubiera ocurrido. Esta noche la llamo: la torta sería la marihuana. Buenísimo. Pero no hubo doble sentido. Se me ocurrió en un taxi. La escribí en diez minutos. Te hablaba del componente inconsciente. En la Argentina del silencio es salud, yo hacía que todos participaran. Supongo que era una manera de reaccionar.”
El momento culminante de esa fiesta en la Quinta de Olivos fue cuando Pipo entonó esa canción que lo hizo famoso y por la que aún hoy cobra regalías de distintas partes del mundo. En un momento del show, Pipo ve que el General Perón se sienta entre los chicos y se suma al juego: “Tenías que verlo a Perón cantando ‘En el auto de papá’. Se agachaba, iba para acá, para allá, hacía el túnel, me hacía los coros”.
Pipo no recuerda haber hablado cosas importantes con el General o con alguien del gobierno aquel día. Lo que recuerda es que su show no fue el final de aquella fiesta para los únicos privilegiados. Porque de ahí, los niños fueron llevados a The Embers, un lugar bastante cheto de la zona norte donde todos comieron hamburguesas.

*Anticipo de Las aventuras de Perón en la Tierra, de Jorge C. Bernárdez y Luciano di Vito (Sudamericana).

Miradas al Sur
Año 4. Edición número 178. Domingo 16 de octubre de 2011

CECILIA ABSATZ Y LAS AVENTURAS DE PERÓN EN LA TIERRA

Perón vuelve

Jorge Bernárdez y Luciano Di Vito acaban de publicar en Sudamericana el libro “Las aventuras de Perón en la tierra”, que aporta un costado de información que no suele aparecer en las biografías: las anécdotas, los gestos pequeños de todos los días, la minucia reveladora, la réplica brillante y efímera, lo que podría llamarse la historia menor de uno de los hombres más importantes de la historia argentina.

Aunque lo de “menor” es discutible: el prólogo es de Felipe Pigna, las anécdotas tienen nombres, lugar y fecha, se incluyen voces antagónicas con criterio plural, y se aporta información interesante sobre toda clase de asuntos, como por ejemplo los caniches. Entre otros grandes momentos, Roberto Quirno ofrece una lectura notable del caso Antonio Tormo, oímos cierto brulote del Che Guevara y conocemos al hermano de Perón.

“Las aventuras de Perón sobre la Tierra” tiene una tapa de Demián Aiello, hecha a la manera de la del Sargento Pepper de los Beatles. Es un libro delicioso.

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